domingo, 20 de mayo de 2012

Hacer guita rápido.

Los dioses brillaban en llamas cuando perdí la cabeza: la noche palidecía y, detrás de su manto amarillento, ellos ya no danzaban en sincro dentro de la historia que ayer se urdía de personajes que aparecían y desaparecían, como cajas chinas que alimentaban los días con precisión helvética. Mi maldita rutina ya no era un arte milenario. Había perdido todo. El fruto de la organización de años de "coherencia y responsabilidad" comenzaba a desandarse en caminos que se desvanecían al percibir mis sombras que, chinezcas como las cajas, proyectaban dudosas alegorías de un mundo entero iluminado por ellas, que lo encandilaban todo con su incandescencia de fantasmas psicóticos. Entonces fue cuando perder el sueño fue mi mejor pesadilla, y ya ni siquiera hubo que presionar botones para disfrutar de esa costumbre de vivir aterrada por ficciones. 
Hitchcock estaba detrás de los espejos: pergeñandolo todo; y cada una de las partes supo hacer bien cada papel impuesto. Fui la heroína de mis pelis, y eso en el fondo un poco me asustaba. Y estaba bueno. Me gustaba ver la cara de los otros actores, con restos de comida en sus trajes, advirtiendo: "¡Corten! ¡Corten!".
Salí después de dos o tres lunas del galpón de mi casa, y estaba hipnotizada con las comisuras de la presentadora de noticias que el 29 pulgadas de la YPF deformaba, mientras asentía con la cabeza como los perritos de peluche que usan de cucha las lunetas de los taxis, cuando la cajera de la risa idiota y las cejas mal arrancadas regurgitó: 
-No tengo cambio- mientras deslizaba su pluma de luz violeta, esa que venden los coreanos del Once para detectar ilegitimidades en los billetes, por los ojos de un Julio Argentino Roca que parecía burlarse de sus rayos ultra,  como un ex yonqui frente a un pupilómetro. 
- Dame el vuelto en caramelos -escupí con la voz demasiado rígida pero envalentonada por la reciente noticia de que los billetes habían salido perfectos, y apreté con más fuerza hasta llegar casi a abollar la lata de Red Bull que segundos antes había sacado de la heladera.
-¿Masticables? -susurró con desgano mientras el diámetro de sus fosas nasales se expandía y se contraía como un tic enfermo, al tiempo que sus uñas despintadas de un rosa chicle horrendo salticaban y percutían contra el acrílico de las golosinas en ritmos atrecillados.
-Sí - respondí tosiendo, y las seis bolsas enormes no entraron en mis bolsillos.
Masqué durante cuadras y bebí hasta el último sorbo de mi energizante con la misma fascinación con la que acostumbraba a verter sustancias dentro mío, como si mi cuerpo fuese un erlenmeyer.
La brUma era más densa de lo habitual, y al costado de las vías las ranas croacaban como chamanes enfermos, mientras los camiones de los lácteos descargaban obreros y almacenes: "¿Hitchcock estás ahí?



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